MIS ÚLTIMOS 50 AÑOS 1971 – 2021 CARLOS CAMPOS COLEGIAL
Luego, me dirigí a la droguería de Doña Isabelita, donde solía pasar tiempo conversando y reflexionando sobre los avatares de la vida. Allí comenté que ya tenía resuelto dónde llegar en Medellín y el pasaje para tomar la flota. Mi relato generó curiosidad y solidaridad en quienes estaban presentes. Isabelita, Jorge Darío, Don Mario Patiño, entre otros conocidos, no dudaron en aportar su colaboración. Aquellos gestos me llenaron de gratitud y reafirmaron mi creencia en la bondad de las personas, en cómo un pequeño apoyo puede marcar la diferencia en los momentos cruciales de la vida.
Ese día, Luz Marina no viajó, quizá por la inquietud de que mi partida fuera inminente. Me invitó a almorzar y, como era de esperarse, aprovechó para expresar su preocupación por la decisión que había tomado. Con una mirada que oscilaba entre la incredulidad y el escepticismo, me preguntó varias veces si no me daba miedo enfrentar una ciudad como Medellín, comenzando de cero y dependiendo de personas completamente desconocidas. Su preocupación era genuina y, aunque entendía sus motivos, le respondí con la serenidad que me había acompañado en todo el proceso:
—Yo le creo a Dios —le dije—. Si algo he aprendido en este tiempo es que, cuando las cosas se dan sin esfuerzo y sin forzarlas, son señales claras de Su voluntad.
Ella no insistió más, pero me hizo algunas recomendaciones que agradecí con sinceridad. Al terminar de almorzar, volví a casa para alistar la maleta, bajo su mirada que seguía reflejando duda, pero también una resignación tranquila. Esa tarde decidí salir nuevamente para despedirme de los conocidos, aquellos que habían sido parte de mi día a día en Belalcázar.
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También asistí a misa de seis de la tarde, no solo como acto de fe, sino como una oportunidad de despedirme del párroco, un hombre con quien había cultivado una amistad profunda y sincera, que aún se mantiene. Después de misa, sucedió algo que jamás pensé que ocurriría, un evento tan inesperado como impactante, y que marcó mi vida de una manera que no puedo describir por completo en este momento. Por respeto a los implicados, he decidido mantenerlo en reserva. Sin embargo, estoy seguro de que, en algún momento, si la vida me lo permite, haré una crónica especial dedicada exclusivamente a ese episodio que definió para siempre una parte importante de mi existencia.
Con la maleta lista, el apoyo de quienes creyeron en mí y la certeza de estar en el camino que debía recorrer, me sentía preparado para el día siguiente. Aunque el futuro era incierto, algo en mi interior me decía que este viaje sería mucho más que un simple traslado físico; sería el inicio de una transformación profunda y necesaria.
El viaje desde Belalcázar hasta Medellín fue largo, pero el paisaje y la quietud de la mañana acompañaron cada kilómetro recorrido. Salí muy temprano, abordando la flota de las seis de la mañana. Apenas éramos unos pocos pasajeros, lo que me permitió acomodarme con calma en el puesto. El clima era frío y lluvioso, y aunque la lluvia tapaba parcialmente el paisaje, la sensación de avance hacia lo desconocido me llenaba de una extraña tranquilidad.
A las ocho de la mañana, llegamos al cruce conocido como Tres Puertas, donde el primo de Aicardo . A las ocho y treinta y cinco en punto, hizo su aparición, cargamos mi maleta en la camioneta y comenzamos el viaje hacia Medellín.
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El camino continuó tranquilo, con un paisaje montañoso que parecía advertir que este sería el inicio de un capítulo diferente en mi vida. Finalmente, llegamos a Medellín alrededor de las tres de la tarde. La ciudad, con su bullicio y su energía característica, me recibió como un escenario que había estado esperando, aunque yo aún no sabía cuál sería el papel que jugaría en él.
Al llegar a la terminal, me encontré con mi hermano, quien había llegado con un amigo para esperarme. Apenas nos reunimos, comenzó a notarse una ligera tensión en el ambiente, que se intensificó cuando apareció Doña Flor Angela, la señora de Copacabana. . Al verme, el quedó sorprendido, y su rostro reflejó una gran preocupación al ver que, en efecto, yo estaba allí, en Medellín, con alguien que estaba conociendo en el momento.
Mi hermano no tardó en expresar sus inquietudes, diciendo que no podía entender cómo me había atrevido a irme de esa manera, sin conocer a la persona ni tener más garantías de lo que me esperaba. Vi la preocupación en su rostro, pero de inmediato me adelanté para tranquilizarlo.
—No te preocupes —le dije, con firmeza—. Nada me va a pasar, porque tengo una razón clara para estar aquí: no tengo nada que perder. Y algo en mi interior me asegura que esto es lo que debo hacer.
Fue un alivio para él escuchar mis palabras, aunque no dejaba de mirarme con cierto grado de desconfianza. Decidimos, entonces, salir para Copacabana, un municipio de la zona metropolitana de Medellín, donde ella vive.
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Al llegar a la casa de Doña Flor Angela, fui recibido calurosamente por su familia. Me presentó a sus hijos, dos jóvenes que no podían ocultar su curiosidad ante la presencia de un desconocido en su hogar, y a su cuñada, quien había quedado a su cuidado desde que falleció su hermano. Todos me trataron con respeto y cordialidad, y la cena fue una ocasión para compartir un poco más sobre nuestras vidas, a pesar de la brecha que existía entre nosotros.
Fue en ese momento cuando decidí preguntarle directamente sobre la razón por la que estaba allí, en su casa, bajo esas circunstancias tan inusuales. Ella, con una seriedad que reflejaba su fe, me dio la explicación que tanto había estado esperando. Con voz tranquila, comenzó a contarme lo siguiente:
—Hace ocho días, yo asistí a la iglesia evangélica en la que suelo congregarme. Al final del servicio, dieron una profecía, como es costumbre en nuestra congregación. En esa profecía, me dijeron: "Viene para esta ciudad un hijo muy amado y necesito que lo aloje en su casa y le suministre lo necesario. Va a ser por poco tiempo, y la señal para saber de quién se trata es que él va a decir que viene para esta ciudad y no tiene a dónde llegar. Llegará a donde Dios lo ponga." Me hizo una pausa antes de continuar:
—El lunes pasado, usted me llamó y me dijo exactamente eso: que venía a esta ciudad sin saber dónde quedarse y que Dios lo había puesto aquí. Yo, como creyente, tomé esto como una señal clara, y por eso lo invité a quedarse en mi casa, porque sentí que debía hacerlo.
Su relato me sorprendió profundamente. No solo porque confirmaba la conexión espiritual que había entre ambos, sino porque de alguna manera, todo parecía encajar con una precisión que me desconcertaba.
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Doña Flor Angela, guiada por su fe y su devoción, había seguido lo que entendió como una clara indicación divina. El momento y las circunstancias se alineaban de tal forma que solo podía darle las gracias por haber confiado en esa guía.
A partir de ese momento, me sentí agradecido y, al mismo tiempo, consciente de la gran responsabilidad que venía con esa situación. Estaba allí no solo porque había tomado una decisión, sino porque, de alguna manera, el destino me había guiado hasta ese punto. Estaba en una casa llena de amor, fe y generosidad, pero también con el reto de comprender qué significaba esta experiencia para mi vida, qué me esperaba en este nuevo camino.
El día comenzó temprano, como era costumbre, con la decisión de seguir explorando la ciudad. Compré mi tarjeta cívica en el metro, con la intención de familiarizarme con el sistema de transporte de Medellín. El trayecto fue largo, desde el norte hasta el sur y viceversa, un viaje que me permitió observar la ciudad y sus diferentes ritmos. En la estación Industriales, el vagón estaba relativamente vacío, lo que me dio una sensación de calma en medio del bullicio de la ciudad. Fue en ese momento cuando una señora se sentó frente a mí.
Algo inexplicable, pero poderoso, me impulsó a levantarme de inmediato. Me dirigí hacia ella y, sin pensarlo demasiado, me presenté de manera formal:
—Hola, buenos días. Mi nombre es Carlos Campos Colegial. La razón por la que me acerco es porque estoy buscando trabajo y tengo ciertas habilidades que creo podrían ser útiles en algún lugar, y estoy seguro que usted puede ayudarme.
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Ella, sorprendida por mi acercamiento, se mostró tranquila y empezó a escribir en un papel. Sin dudar, me entregó su información:
—Este es mi correo y mi número de teléfono. Envíame tu hoja de vida y me pondré en contacto contigo para ver qué se puede hacer.
Agradecí su generosidad y, sin pensarlo, decidí devolverme para Copacabana y poner en marcha la solicitud que me había hecho. Esa misma tarde, preparé mi hoja de vida y envié el correo con la esperanza de que algo surgiera de ese encuentro tan inesperado.
El tiempo pasó, y un par de días después, decidí ir a visitar a mi hermano. Al verlo, no podía evitar notar el asombro en su rostro. En parte, me sentía algo incomprendido, pues él seguía con la idea de que había abandonado Belalcázar sin razón aparente, persiguiendo algo que no sabía bien qué era. Según sus palabras, sentía que me había marchado a Medellín por algo que ni yo mismo parecía entender. Sin embargo, algo dentro de mí me decía que debía seguir adelante y confiar en el proceso.
Unos días más tarde, muy temprano en la mañana, recibí una llamada inesperada. Era una señora que me pedía que fuera a hacer una prueba de manejo en la cervecería Pilsen, una planta ubicada en Itagüí, un municipio cercano. Aunque el lugar estaba algo retirado, le expliqué que me estaba poniendo en movimiento de inmediato. Sin demora, me preparé para el trayecto, y gracias a que no hubo contratiempos, llegué a la planta alrededor de las diez de la mañana.
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Mi turno para hacer la prueba llegó después de los otros dos aspirantes, dos jóvenes de 25 y 30 años. Yo, con más del doble de su edad, me sentía un tanto fuera de lugar, pero no dejé que eso me desbordara. Me senté en el camión Mercedes Benz de 10 toneladas que había sido destinado para la prueba. El camión estaba cargado, lo que lo hacía más complicado de manejar, pero también sentí que esto podía ser una prueba de experiencia para mí.
Cuando el instructor me preguntó si ya había manejado ese tipo de camiones, le respondí que no. Él, observando mi calma, me comentó: "Lo pensé porque es el único de los tres que no ha preguntado por el freno de seguridad". Yo, con total confianza, le respondí que el freno de seguridad siempre está ubicado en la parte baja del tablero, o en algunos casos, en la parte baja derecha del asiento. En ese camión, efectivamente estaba en el lugar que había mencionado. Su mirada cambió, quizás algo sorprendido por mi respuesta, pero no dijo nada más.
Me dio la orden de estacionarme entre dos vehículos y luego, al tomar una pendiente, me indicó que me detuviera y arrancara de nuevo. Sentí que todo salió bien; pude maniobrar el camión sin mayores dificultades.
Volvimos a la planta y, tras revisar los resultados de la prueba, la señora Carmen me dijo que, a diferencia de los otros dos aspirantes, yo había superado la prueba sin problemas. Uno de los jóvenes, un taxista, había tomado un cruce demasiado rápido, lo que casi causa un accidente, y el otro no había podido arrancar el camión en la pendiente. Yo, en cambio, había manejado todo con precisión, lo cual fue suficiente para que me ofrecieran el puesto de inmediato.
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Después de la prueba, pasaron unos minutos que me parecieron eternos, hasta que finalmente la señora Carmen Bermúdez me dio la noticia: había aprobado la prueba y, si me gustaba el trabajo, me ofrecían un contrato a término indefinido. A pesar de la incertidumbre y la presión del momento, me sentí aliviado y, por un instante, agradecido por la oportunidad. Pero aún quedaba una cuestión por resolver: ¿realmente me iba a gustar este trabajo? Habían pasado más de tres años desde la última vez que toqué un volante, y mi experiencia en el manejo de camiones no era vasta. Sin embargo, sentía que había algo más grande que me empujaba a seguir adelante.
Así que, de un día para otro, me vi trabajando con ellos. El grupo de trabajo estaba compuesto por el jefe de ruta, que además de encargarse de la facturación y recibir el dinero, tenía la responsabilidad de coordinar toda la logística del transporte. A él se sumaban dos ayudantes y yo, el conductor. Mi primer destino fue el barrio El Picacho, una zona conocida de la ciudad. El trabajo comenzó de inmediato, y aunque al principio todo me parecía nuevo y un poco abrumador, sentí una extraña calma, como si todo estuviera alineado para llevarme a este punto.
Lo más notable de este trabajo fue la convivencia diaria con un equipo diverso, que, a pesar de la diferencia de edades y experiencias, se acoplaba perfectamente. El jefe de ruta, siempre serio y profesional, me enseñó lo que necesitaba saber sobre las rutas, las entregas y la gestión de pagos, mientras que los ayudantes eran jóvenes, con la energía de los que comienzan, y me enseñaron a manejar los tiempos de carga y descarga.
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A veces, me sorprendía la rapidez con la que se adaptaban a los cambios, y cómo cada uno tenía una parte clave en el engranaje del trabajo. En medio de todo, yo me encontraba allí, con una oportunidad que muchos a mi edad ni siquiera se atreverían a tomar, pero que, por alguna razón, sentí que era el momento perfecto para embarcarme en algo nuevo.
La experiencia como conductor en Pilsen fue breve pero intensa, y dejó en mí un cúmulo de aprendizajes y reflexiones que marcaron mi percepción del trabajo y de las oportunidades que aparecen, incluso en las circunstancias más inesperadas.
Desde la entrevista, no me habían informado que el conductor también debía ayudar a descargar el camión. En la primera parada, ubicada en la parte alta del barrio El Picacho, el jefe de ruta me preguntó cuántas canastas podía cargar. "Dos o tres", sin tener la menor idea de lo que realmente implicaba. Le pedí llevar dos y atravesaría la calle con ellas. La tarea, que parecía simple, casi me deja sin aliento.
Al regresar, me miró y comentó con una mezcla de burla y empatía: "Usted no puede ni siquiera con una, pero me cayó bien, así que su tarea será encargarse de cargar los envases vacíos que recojamos aquí".
La dinámica del día continuó con el grupo contratando una camioneta local para llevar el producto a la parte más alta del barrio, donde el camión no podía acceder. Mientras esperábamos un descanso, el jefe de ruta me preguntó cómo me había parecido el trabajo.
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Le respondí que estaba bien, pero que me inquietaba si siempre tendría que trabajar con el mismo equipo. Me explicó que rara vez se repetían los grupos, las rutas o incluso los camiones. Este comentario me hizo reflexionar: si este equipo había sido indulgente conmigo, era poco probable que otros lo fueran en el futuro.
Ante esa realidad, tomé una decisión. Llamé a la señora Carmen Bermúdez, encargada del proceso de selección, y le informé que no continuaría. Le expliqué que no me sentía capacitado para desempeñar las labores de carga y descarga requeridas. Ella lamentó mi decisión y me ofreció enviar un conductor para recoger el camión, pero le respondí que yo mismo lo llevaría de regreso a la planta, sin importar la hora en que termináramos. Me agradeció el gesto, algo que, según me comentó, no era común, ya que algunos conductores simplemente abandonaban el vehículo una vez entregado el producto.
El trabajo terminó a la una y media de la madrugada, mucho más tarde de lo que había imaginado. Fiel a mi palabra, conduje el camión hasta la planta. Al llegar, el jefe de ruta me agradeció por mi responsabilidad y, para mi sorpresa, me pagó cien mil pesos por el día de trabajo, además de otros sesenta mil pesos para cubrir el costo del taxi desde la planta hasta Copacabana.
Me despedí del equipo con una mezcla de alivio y gratitud, reconociendo que, aunque el trabajo no era para mí, había sido tratado con respeto y consideración
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