contador web

MIS ÚLTIMOS 50 AÑOS.     1971 – 2021     CARLOS CAMPOS COLEGIAL

     Esa tarde-noche, mientras me encontraba en las inmediaciones del hotel, conocí a una dama interesante que se dirigía a tomar transporte hacia Puerto Wilches y, desde allí, a Cantagallo, donde trabajaba. Logré convencerla de posponer su viaje, ofreciéndole alojamiento, una comida y unas cervezas. Aceptó con gusto, pero puso una sola condición, a la cual accedí de inmediato: le dije que no haría nada que ella no quisiera, dejándole claro que ella tenía el control de la situación y podía estar tranquila.

     Esa noche, salimos y departimos hasta bien entrada la medianoche. Al regresar al hotel, seguimos charlando durante un buen rato, compartiendo historias, como si nos conociéramos desde siempre. De madrugada, antes de quedarnos dormidos, me comentó que tenía una amiga muy querida en Cartagena, y que le gustaría que la conociera. Me dio el número de Cecilia, su amiga, y prometí llamarla tan pronto como llegara a mi destino. Por la mañana, después de desayunar, la acompañé a la terminal de buses. Nos despedimos con la intención de vernos nuevamente cuando ella viajara a visitar a su amiga Cecilia en Cartagena.

     Después del mediodía, recogí el carro y las pasajeras, y a las dos de la tarde emprendimos el viaje con destino a Barranquilla. El trayecto fue tranquilo y sin contratiempos, y llegamos a nuestro destino cerca de las dos de la mañana. Una vez descargado el carro, continué mi camino hacia el destino final, llegando a casa alrededor de las cinco de la mañana. Como era festivo, 7 de agosto, no había prisa, así que con Maureen Luz aprovechamos para poner al día el cuaderno de notas, con todos los pormenores del viaje. Luego, nos dormimos hasta después del desayuno.

211

MIS ÚLTIMOS 50 AÑOS      1971 – 2021     CARLOS CAMPOS COLEGIAL

     El viernes 8 de agosto, alrededor de las nueve de la mañana, recordé el número de teléfono de Cecilia y decidí llamarla. Sin embargo, el destino, una vez más, jugó su papel y me puso en contacto con alguien que, de otra manera, jamás habría alcanzado a conocer. Al marcar el número, cometí un error en un dígito y, para mi sorpresa, me contestó una señora con una voz muy agradable.

     Al preguntarle por Cecilia, me respondió de manera brusca: "Vaya a comer mierda, Alberto Medina, que la muchacha salió, por eso te contesté, además, estoy muy ocupada".

     Ante esto, rápidamente le respondí: "No soy Alberto, soy Carlos Campos Colegial. ¿Y de quién es esa hermosa voz?". La señora, audiblemente avergonzada por su error, me ofreció disculpas. Acepté sus disculpas y la conversación continuó durante dos horas más, fluyendo con naturalidad. Desde ese momento, las llamadas se repitieron a lo largo de la tarde y la noche, estableciendo un interés mutuo entre los dos. Ambos teníamos historias fascinantes para contar, lo que dio lugar a más charlas en los días siguientes.

     Resultó ser una señora casada con un hombre reconocido en la ciudad. Tenía dos hijas mayores y dos nietos pequeños que vivían con ella. Así pasaron tres semanas de conversaciones diarias y extensas. Sin embargo, una tarde, una de sus hijas le sugirió que quizás todo esto podría ser una trampa ideada por su esposo. La señora, preocupada, me pidió que nos conociéramos lo antes posible, para aclarar cualquier malentendido.

212

MIS ÚLTIMOS 50 AÑOS      1971 – 2021     CARLOS CAMPOS COLEGIAL

     Fue así como concertamos un encuentro en la tarde del siguiente día en la cafetería de un conocido almacén de gran superficie.

    Para evitar una desagradable sorpresa, decidí estar preparado. Sabía que las primeras impresiones son cruciales, y no quería que nada me tomara por sorpresa. Esa mañana, como de costumbre, realizamos nuestra llamada habitual. Durante la conversación, me comentó que tenía que ir al centro, y con la misma calma de siempre, me indicó por qué zonas estaría.

    Aunque ya nos conocíamos de las charlas previas, me tomé un momento extra para escuchar atentamente, como si fuera la primera vez. De forma casi automática, le pregunté cómo se encontraba vestida, sabiendo que cada detalle podía ser relevante para el encuentro.

     Como siempre, traté de dar una imagen de ocupación y compromiso, así que le mencioné que me dirigía al puerto y que no tendría tiempo libre hasta la tarde. Quería darme un aire de distancia, pero al mismo tiempo, hacerle saber que mi tiempo era valioso, aunque para ese entonces, ya la curiosidad me invadía. Nos despedimos con la promesa de encontrarnos a las cinco en la entrada principal de un reconocido almacén en el Centro Comercial La Castellana. La expectativa ya se había instalado, y la idea de conocernos en persona en ese preciso instante comenzaba a tomar forma.

     De inmediato, me dirigí al centro, eligiendo un lugar estratégico desde donde podría anticipar su llegada. Mi objetivo era conocerla un poco más antes de nuestro encuentro cara a cara.

213

MIS ÚLTIMOS 50 AÑOS.     1971 – 2021     CARLOS CAMPOS COLEGIAL

    No quería ser sorprendido por ninguna apariencia que no pudiera anticipar. A medida que caminaba por las calles del centro, me fui acomodando en un rincón discreto, desde donde podía observar sin ser visto. La ansiedad no era evidente, pero sí estaba presente. Quería saber si la mujer que había llegado a mis pensamientos a través de tantas conversaciones sería la misma que vería en realidad.

     Lo que sucedió fue una grata sorpresa, mucho más de lo que había imaginado. Era una señora de porte elegante, no de la clase superficialmente ostentosa, sino de una elegancia sutil que emanaba confianza.

     Su atuendo estaba perfectamente equilibrado: unas zapatillas altas, modernas y de buen gusto, combinaban a la perfección con una cartera de buen tamaño que llevaba colgada de su brazo izquierdo. La elección de sus accesorios, simples, pero bien elegidos, me dio una idea clara de su estilo y personalidad. Me sorprendió lo serena que lucía, como si estuviera completamente segura de sí misma, lo cual me intrigó aún más.

     Decidí seguirla discretamente, sin mostrar ningún indicio de que la observaba. Tenía la intención de comprender mejor quién era, de captar más detalles que las palabras no podían transmitir. Aproveché la oportunidad para sobrepasarla y, luego, regresar en un par de ocasiones, para poder verla de frente y confirmar si mis suposiciones coincidían con la realidad. La mujer que caminaba frente a mí, como si fuera parte del paisaje urbano, no notó mis movimientos. Mi corazón latía con un ritmo acelerado, pero traté de mantenerme calmado. 

214

MIS ÚLTIMOS 50 AÑOS.     1971 – 2021     CARLOS CAMPOS COLEGIAL

     A veces, el tiempo parece detenerse cuando estás ante lo inesperado. No podía creer que en tan solo unas horas tendría la oportunidad de conocerla en persona. Todo lo que había imaginado y conversado sobre ella se materializaba de una forma tan auténtica y real que me sorprendía.

     Decidí regresar a casa, aunque sabía que el encuentro estaba por llegar. Almorcé tranquilamente, más por hábito que por hambre, pues mi mente no podía dejar de pensar en lo que ocurriría en pocas horas. Luego, tomé una pequeña siesta, tratando de calmar la expectación que había crecido en mí desde que iniciamos esta extraña conexión telefónica.

    La tarde avanzaba rápidamente, y a las cinco en punto, me encontraba frente al almacén, con los nervios al borde, pero también con una sensación de tranquilidad, como si todo estuviera ya escrito. Estaba listo para ese encuentro, un encuentro que, sin lugar a dudas, prometía ser tan fascinante como el camino que había recorrido para llegar hasta allí.

     Este momento, el que tanto había esperado, ya estaba por suceder. El aire se sentía denso, pero cargado de una energía peculiar. Mi mente comenzaba a correr con mil pensamientos, pero lo que más me decía a mí mismo era que debía estar presente, vivir el momento, no dejar que nada me distrajera de la oportunidad que tenía frente a mí. Esa tarde, todo lo que había sido conversación, expectativas y fantasías, estaría a punto de convertirse en una realidad.

    Aquella esplendorosa dama, con su porte elegante, estaba acompañada por su hija mayor en el lugar de encuentro. Para romper el hielo y aligerar el ambiente, decidí hacer algo inesperado.

215

MIS ÚLTIMOS 50 AÑOS.     1971 – 2021     CARLOS CAMPOS COLEGIAL

     Comencé a cojear, simulando tener una pierna más corta, algo que, sin duda, rompería la tensión del momento. Mientras avanzaba hacia ellas, las distancias nos separaban aún lo suficiente como para que la hija, al verme, preguntara a su madre: "¿Ese señor sí te ha dicho que es cojo?" Al acercarnos, me presenté con una sonrisa que buscaba relajar el ambiente, y ella, con un gesto amable, me presentó a su hija. Me sentí a gusto al ver que la situación comenzaba a distenderse.

    Nos dirigimos hacia la cafetería del lugar, aún charlando y ajustando las primeras palabras, como si estuviésemos, de alguna manera, equilibrando la energía del encuentro. En cuanto nos adentramos en el establecimiento, corregí de inmediato mi 'cojera', lo cual provocó una risa espontánea entre ellas. Parecía que el escenario de tensión inicial se estaba convirtiendo en una situación mucho más cómoda. A medida que nos sentábamos y nos acomodábamos en la mesa, noté que la señora que tenía frente a mí era aún más interesante de lo que me había imaginado. No solo su apariencia, sino también su aura y la forma en que se expresaba. Era una mujer con historia, con vivencias que ya comenzaban a desvelarse en cada palabra que compartía. Tomamos un refresco mientras charlábamos largo rato, y la conversación continuó más tarde a través del teléfono. Como siempre solía hacer, dejaba que la otra persona tomara la iniciativa, una estrategia que me aseguraba no forzar las cosas. Esta vez no fue la excepción. Cada palabra, cada gesto, era una pieza más en el rompecabezas de esa conexión que lentamente iba creciendo.

216

MIS ÚLTIMOS 50 AÑOS      1971 – 2021.    CARLOS CAMPOS COLEGIAL

     Durante los siguientes diez años, transitamos una relación que, si bien no encajaba perfectamente en ninguna categoría, podría describirse como interesante, conflictiva y, por momentos, apasionada. Fue una experiencia intensa, que me permitió experimentar distintas facetas de la condición humana. Algunas de ellas, en verdad, las conocía solo por rumores o relatos de terceros, pero ahora las vivía de manera directa, al lado de una persona cuya complejidad me desbordaba. Aquel vínculo, marcado por momentos de gran intensidad y otros de profundas reflexiones, me brindó una comprensión única de la vida, algo que muy pocos pueden conocer en su rutina diaria.

     A lo largo de ese tiempo, y como siempre he creído, todo lo que sucedió no fue producto del azar ni de nuestras decisiones, sino de algo más grande. Siempre he sostenido que no somos nosotros quienes decidimos, sino que es el destino, guiado por la mano del creador, el que nos lleva por caminos que, aunque inciertos, nos permiten aprender y crecer. Creo firmemente que, sin su consentimiento, nada de lo que experimentamos sería posible. La vida, en su complejidad, tiene una manera especial de mostrarte lo que debes vivir, incluso cuando no lo buscas. Por eso, pienso que estamos todos peregrinando por este planeta, buscando sentido, buscando nuestro propósito.

     Dado que esta persona no me autorizó a revelar su nombre, le llamaré, en los relatos venideros en los que ella sea protagonista, "la señora ajena". De esta forma, su presencia en mi vida continuará siendo relevante, pero sin entrar en detalles personales que no fueron solicitados.

217

MIS ÚLTIMOS 50 AÑOS.     1971 – 2021     CARLOS CAMPOS COLEGIAL

     Durante varias semanas, nuestra comunicación se limitó exclusivamente a conversaciones telefónicas, las cuales continuaron fluyendo de forma constante, aunque sin prisa. Cada llamada era una excusa para compartir más detalles de nuestras vidas, y así, la conexión se iba afianzando sin necesidad de apresurarse.

     Sin embargo, un día cualquiera, sin previo aviso, me pidió que la acompañara a una eucaristía en la iglesia de Santo Domingo, en el centro. Esto me sorprendió un poco, ya que no era común que la conversación girara hacia algo tan espiritual. De todos modos, acepté encantado, sabiendo que cada paso que daba junto a ella me permitía conocer una nueva faceta de su ser.

    Además, hacía ya varios años que tenía una buena amistad con el párroco de aquella iglesia, por lo que me sentía cómodo en ese entorno, aunque para ella representaba algo distinto, algo que ni yo mismo sabía en qué medida cambiaría nuestras dinámicas.

   A propósito de sacerdotes, pastores y algunos líderes espirituales, en El Doble Rasero de la Iglesia, les pormenorizaré aspectos desconocidos de esta singular comunidad. Nos encontramos en el templo, un lugar de calma y reflexión, pero desde allí nos dirigimos a una cafetería cercana. Allí, mientras degustábamos una bebida, comenzamos a profundizar más en nuestro ser interior, tratando de descifrar los porqués y los paraqués de aquella aventura tan inusual, que, si bien podría considerarse "traída de los cabellos", nos llevaba por caminos desconocidos.

     Le confesé mis inquietudes y preocupaciones sobre cómo manejar el hecho de que nuestros encuentros físicos fueran tan frecuentes y públicos, algo que empezaba a incomodarme. 

218

MIS ÚLTIMOS 50 AÑOS      1971 – 2021     CARLOS CAMPOS COLEGIAL

     Pero, con una tranquilidad sorprendente, me dio la seguridad que necesitaba: "No te preocupes", me dijo, "mi marido y yo convivimos bajo el mismo techo, pero no tenemos nada que ver el uno con el otro. Llevo una vida de total independencia, por lo que te doy la plena seguridad de que nada va ni puede pasar. El tiempo me dará la razón, así que sigamos adelante con lo que ambos deseamos".

    Sus palabras, cargadas de una firmeza inesperada, me dieron una paz momentánea, y entendí que, en su realidad, las cosas funcionaban de manera diferente a lo que muchos podrían esperar. Así, el tiempo y la situación parecían alinearse con sus deseos, y decidimos dar rienda suelta a nuestros propios impulsos y anhelos.

     El sábado 18 de octubre de 2003, aprovechando que Maureen Luz viajó a Barranquilla a celebrar el cumpleaños de su hermana, tuvimos nuestra primera salida formal en todos los sentidos, una noche que se extendió hasta el amanecer. Acompañados por una sobrina suya, quien, en una situación similar con su pareja, también compartía una independencia algo inusual, esa salida se transformó en un evento que consolidó aún más mi decisión de seguir adelante con lo propuesto por esta mujer tan especial. Fue como revivir una experiencia lejana pero profundamente marcada en mi memoria, pues esa noche, con ella, me recordó mi primera vez en estos temas, aquella experiencia con mi instructora, que también había sido tan reveladora. Jamás podré olvidar esos dos momentos, separados por casi treinta años, pero que, al igual que una huella, estarán por siempre grabados en mi mente.

219

MIS ÚLTIMOS 50 AÑOS.     1971 – 2021     CARLOS CAMPOS COLEGIAL

     La intensidad de esa primera vez, cuando todo era nuevo y desconocido, se había transformado ahora en una experiencia madura, pero igualmente cargada de emoción, y en la que, de alguna manera, el pasado y el presente se entrelazaban, formando un solo continuo.

    Desde hacía algún tiempo, me encontraba lidiando con una molestia que se había convertido en una constante en mi vida: la proliferación de furúnculos. A pesar de los múltiples estudios y tratamientos médicos a los que me había sometido, el problema no desaparecía. Cada nuevo brote parecía más obstinado que el anterior, lo que me causaba un nivel de incomodidad y preocupación cada vez mayor. La situación se volvía, además de dolorosa, desesperante.

     Ya no encontraba consuelo en los remedios ni en las consultas. Esto me llevaba a sentirme atrapado en un círculo vicioso, una batalla silenciosa con mi propio cuerpo que me desgastaba tanto física como emocionalmente.

      Al llegar a un punto de total agotamiento, entendí que lo único que me quedaba era confiar en algo más grande que yo. Decidí entonces elevar una plegaria al ser superior, pidiéndole humildemente que se hiciera Su voluntad, sin importar cuál fuera el desenlace. En ese momento, mi fe se convirtió en mi única herramienta, una fe que se fundamentaba en la aceptación de que lo que debía ser, sería. No sabía si la respuesta sería lo que esperaba, pero confiaba ciegamente en que algo cambiaría. Fue entonces cuando, como siempre, la respuesta llegó a mi vida en la forma menos esperada, como una especie de alivio divino, y pronto comenzó a vislumbrarse la solución definitiva.

220

¡Crea tu página web gratis! Esta página web fue creada con Webnode. Crea tu propia web gratis hoy mismo! Comenzar