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MIS ÚLTIMOS 50 AÑOS      1971 – 2021     CARLOS CAMPOS COLEGIAL

     Cuando son practicados por personas expertas, pueden ofrecer un mapa de ruta que nos describe lo que nos depara la vida. Por supuesto, este proceso solo tiene sentido si confiamos al 100% en nuestro ser superior. En este contexto, la oración perfecta es aquella en la que solicitamos algo de acuerdo con su voluntad, con plena confianza, o mejor dicho, con una fe sobrenatural.

     Es en este punto donde hago un paréntesis para explicar la diferencia entre fe natural y fe sobrenatural. La fe natural es la que todos usamos diariamente, a menudo sin darnos cuenta. Es la confianza que tenemos, por ejemplo, al introducir la llave en la cerradura de una puerta. No dudamos de que nos abrirá, lo mismo sucede cuando encendemos la luz en una habitación. Es un acto de confianza implícita, que no requiere un cuestionamiento profundo.

      Por otro lado, la fe sobrenatural es un concepto más profundo y trascendental. Esta se pone en práctica cuando, por ejemplo, enfrentamos un diagnóstico médico negativo, como el cáncer. En estos casos, aplicamos la fe sobrenatural al entregar la situación al ser superior, permitiéndole actuar según su voluntad. No solo creemos en Dios, sino que le creemos a Dios, lo que implica una confianza total en su poder y en su plan. Este tipo de fe es lo que permite que se produzcan lo que llamamos milagros. En mi vida personal, he experimentado varios de estos testimonios, y en algún momento, compartiré algunos de ellos.

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     Los siguientes meses transcurrieron con total normalidad, hasta que la madre de La Chinita necesitó viajar a su finca en Oiba y tuvo que ausentarse por varios días.

     En ese tiempo, me pidió el favor de acompañar a su hija, por lo que me quedé en su casa mientras ella regresaba. Para mi amiga, fue toda una sorpresa que su madre fuera quien tomara la iniciativa de pedirme que la acompañara. En paralelo, la hermana de La Chinita adquirió un restaurante bastante conocido y propuso que su hermana lo administrara, a lo que La Chinita aceptó de inmediato, renunciando a su trabajo como encargada de los giros en Copetran.

      A partir de ese momento, mi rutina diaria se ajustó a este nuevo escenario. Durante el día, pasaba tiempo con La Chinita, y por la noche con Maureen Luz. Lo mismo ocurría los fines de semana, en festivos y cuando salía de vacaciones, pasaba ese tiempo con ella. El restaurante contaba con un pequeño apartamento en su interior, que La Chinita ocupó para no tener que desplazarse hasta su casa cada vez que cerraba, especialmente cuando lo hacía a altas horas de la noche. A petición de su madre, también me invitó a quedarme con su hija en ese lugar, para acompañarle.

    Mi rutina durante ese tiempo fue bastante estructurada: muy temprano salía para mi apartamento, donde me aseaba, luego me dirigía a la oficina. Almorzaba en casa de la chinita y, por la tarde, esperaba a Maureen Luz en su casa. Allí comíamos, salíamos a dar una vuelta y, nos despedíamos. Tipo diez o once de la noche, me dirigía hacia el restaurante para quedarme allí en compañía de la chinita. La ropa la arreglaba una señora vecina de la oficina, hasta que nuevamente la madre de La Chinita intervino, asumiendo ella misma la tarea de encargarse de este detalle.

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      Esta rutina, por más que resultaba exigente, permitió que todos los aspectos de mi vida se equilibraran, aunque de una manera un tanto compleja. El tiempo pasaba y, aunque las circunstancias parecían seguir su curso de manera casi rutinaria, las dinámicas de las relaciones personales se volvían más complicadas, lo que me llevó a reflexionar en ocasiones sobre las decisiones que estaba tomando.

    Siempre he afirmado que esa señora es una de las pocas personas que he conocido que no le importa lo que digan los demás. Como se suele decir en Santander, siempre tuvo los calzones bien puestos. Quedó viuda muy joven, con cinco hijas, y un varón que era el menor que estudiaba en una academia militar en Bogotá. Tras la muerte de su padre, decidió increpar a su madre, exigiéndole que le cediera las empresas y negocios que había dejado su padre para que él los administrara y asumiera el rol de hombre de la casa. Como consecuencia, se negó a regresar a retomar los estudios. Inicialmente, la señora trató de manejar la situación con calma y sensatez, pero al ver que su hijo no cedía y su paciencia se agotaba, un día, enfrentó a su hijo, propinándole un golpe con la mano abierta en la base de su oído. Inmediatamente, lo desestabilizó y, en el suelo, le colocó el tacón de su zapatilla sobre el cuello, asegurándole que, a partir de ese momento, dejaría de ser su madre. Lo cumplió hasta tal punto que, cuando su hijo sufrió un accidente en un retén de la guerrilla que lo dejó en silla de ruedas, las hijas le informaron a su madre sobre lo ocurrido. Ella les contestó que solo tenía cinco hijas, por lo que no aceptaba que le contaran lo que le pasaba a "desconocidos".

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    Un día cualquiera, hacia la una de la tarde, me encontraba en su casa, en su compañía. La Chinita acababa de salir para retomar el trabajo, cuando alguien tocó el timbre. La señora estaba cerca de la puerta, así que acudió a abrir. Mi sorpresa fue enorme cuando el visitante resultó ser su hijo en silla de ruedas. La saludó con un "hola, mamá, buenas tardes". Inmediatamente, ella le contestó: "Señor, está usted equivocado. A usted no lo conozco. Que tenga una buena tarde" y cerró la puerta al instante. Yo me quedé de una sola pieza. Más tarde, una de sus hijas la visitó para recriminarle su actitud, y ella, tranquila y serena, le respondió: "Si estás en desacuerdo conmigo, bien puedes unirte a su dolor y me avisas para saber que, a partir de ese momento, contaré solo con cuatro hijas. Y cuéntales a tus hermanas para que lo sepan y se definan de qué lado están". Esa fue la única madre que tomó una decisión tan radical y no se dejó manipular. Las demás sucumben ante la presión de sus hijos.

    El miércoles 29 de noviembre de 1989, debía salir urgente para Bogotá y esa misma noche viajar a Puerto Gaitán, donde me haría cargo del trasteo de un equipo desde Campo Rubiales hasta allí. Llegué muy tarde a mi destino. En esa época, algunos pueblos solo tenían energía eléctrica hasta las diez de la noche, y los fines de semana, hasta las doce. Busqué hospedaje en el único hotel del lugar. La habitación era amplia, con una colchoneta en el piso, y la puerta permanecía abierta, cubierta por un angeo que impedía que los mosquitos entraran.

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   Me acosté y, no había pasado ni media hora cuando escuché un fuerte ruido, similar al que hace una mano abierta al descargarla con fuerza sobre el piso. Quedé inmóvil.

    El ruido se repitió, acercándose cada vez más a mí, que reposaba torci-desnudo y en posición boca arriba. El próximo golpe fue en mi pecho. Algo pesado y frío se posó sobre él, lo que me hizo saltar de inmediato para averiguar qué pasaba. Localicé la linterna y revisé. Era un sapo de por lo menos un kilo de peso, el que producía ese ruido. Dormí arrullado por los sapos esa noche.

    Al día siguiente realicé los contactos necesarios para coordinar el descargue del equipo. Me llamó la atención que se me advirtió sobre una particularidad: aunque existía una calle directa hacia el lote donde se realizaría la operación, debía dar una vuelta para llegar, ya que el pastor de una iglesia evangélica tenía personal apostado en la vía, impidiendo el paso de las tractomulas por ese camino. A pesar de este inconveniente, todo quedó arreglado para que el descargue se realizara en el lugar estipulado. Sabía que debía madrugar para dirigirme a Rubiales y encontrarme con la caravana que iniciaría el recorrido hacia el destino final.

   En Bogotá, únicamente me proveyeron de lo esencial: suficiente dinero para el viaje y posibles imprevistos, además de una camioneta que debía dejar en Gaitán. Desde allí, usaría un Nissan Patrol que estaba disponible en la estación de servicio cercana al hotel para continuar con el trayecto. En la madrugada, me dirigí a la estación, recogí el Nissan y noté que en la parte trasera había, al menos, diez pimpinas plásticas de cinco galones cada una.

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    Al llenar el tanque del vehículo y dirigirme a pagar, el bombero de la estación me hizo una pregunta intrigante:—¿Va para Rubiales? Al responder afirmativamente, me formuló lo que él llamó "la pregunta del millón":—¿Usted ha estado en ese campo antes?—No —respondí—, es mi primera vez.

   El bombero, con un tono serio, me advirtió sobre lo que me esperaba: debía contratar un vaquiano, alguien con experiencia en esas rutas, y llevar al menos ocho pimpinas adicionales de gasolina, ya que las distancias y las condiciones del terreno podrían complicar el viaje. Amablemente, me presentó a un hombre que, según él, había trabajado con el supervisor a quien estaba reemplazando. Este guía sería mi compañero de ruta.

   Arrancamos hacia las dos de la mañana a velocidad normal, recibiendo el reproche del baqueano, quien me dijo: "Camarita, a este paso no llegamos en una semana, no venimos de paseo, acelere al máximo". Esa fue la constante: cien, ciento veinte kilómetros por hora. Por fortuna, el camino, que no se le podía llamar carretera, estaba en muy buen estado. Aparentemente viajaba en línea recta, cuando de repente, mi acompañante me pidió que me dirigiera hacia la derecha en forma circular para retomar el rumbo, pues sin darse cuenta, después de muchas horas de viaje, uno podría terminar en el mismo lugar desde donde partió. De ahí la necesidad de llevar a alguien que conozca la región como la palma de su mano. Llevábamos varias horas de viaje y poco a poco pude apreciar la majestuosidad del llano en todo su esplendor.

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     Hacia el mediodía comencé a sentir la falta de alimento y bebida. El sol era inclemente, y durante todo el camino no nos habíamos cruzado con otros vehículos ni encontrado un lugar donde pudiéramos comprar algo. Casi a las dos de la tarde, divisé una casa que parecía estar cerca. Al ver mi intención de dirigirme hacia allí, el acompañante me recalcó que ir hasta ese lugar nos retrasaría más o menos una hora y que ya estábamos algo retrasados. No hice caso y decidí ir hasta la casa. Efectivamente, no estaba cerca, pero al llegar allí, nos atendió muy bien el dueño del lugar. Al solicitar comida y bebida, me preguntó si había traído crudo (carne, verduras, granos, etc.). Ante mi respuesta negativa y ofreciéndole pagar lo que me pidiera por algo de almuerzo, muy tranquilamente me contestó: "Si yo le vendo un plato de comida a usted, debo dejar sin alimento a alguien de mi familia, porque hasta el domingo no voy al pueblo a surtirme". Como alternativa, me ofreció un vaso de agua de panela con limón.

    Aparte de ser la limonada más preciada de mi existencia, una vez más la vida me demostraba que el dinero no lo era todo. Esa sensación de impotencia que se siente al tener todo y, sin embargo, pasar necesidad, es algo que jamás olvidaré.

    Razón tenía el abuelo Luis Felipe cuando, después de cada comida, exclamaba: "¡Gracias, Padre, porque hubo y se pudo; porque hay quienes tienen, pero no pueden, y otros pueden, ¡pero no tienen!". Llegamos al río, en donde las tractomulas estaban cruzando en la gabarra que tenían allí para tal fin. (Una gabarra es un planchón que está sujeto a cada extremo del río con una gruesa guaya y es halado por un winche accionado por un motor estacionario).

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     Eran aproximadamente las siete de la noche. Allí pude comer algo en un restaurante improvisado por los vecinos del lugar, que aprovechan el momento de movimiento en el puerto.

    Muy temprano en la madrugada, zarpamos de vuelta a Puerto Gaitán, llegando treinta y seis horas después. Se descargó el equipo, se dejó todo en orden y seguimos para Bogotá. Entregué los informes, cuadré cuentas, y al día siguiente viajé a Barrancabermeja en el primer vuelo de Aces.

   La carretera del Magdalena Medio se inauguró en esa época y estaba destapada. Con La Chinita decidimos estrenarla, viajando a Santa Marta en su Renault 4. Allí conocimos a un hombre muy joven que era vegetariano de nacimiento. Siempre había creído que estos se hacían, no nacían, de manera inversa a los homosexuales. Este muchacho nos comentaba que, de niño, le daban un pedacito de pollo, lo masticaba hasta que encontraba la manera de botarlo. Jamás ha comido carne de ningún tipo y verla le producía un terrible asco. Todos en su familia son carnívoros, menos él.

   Las salidas se volvieron más frecuentes, pues, además de las acostumbradas con Maureen Luz, también las realizábamos con La Chinita y su mamá, quien varias veces nos acompañó. En una oportunidad, viajamos a visitar a un tío de la chinita que vivía en Villavicencio, aprovechando para explorar los pueblos del entorno, incluidos Puerto López y el Alto de Menegua, donde años después se construyó el obelisco al "Ombligo de Colombia".

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     En noviembre de 1991, Maureen Luz se acogió a un plan único de retiro que ofreció la Caja Agraria debido a su liquidación. Este plan consistía en recibir unos recursos para, cuando cumpliera la edad (47 años), empezar a recibir la pensión de jubilación.

    Tiempo después, hubo otro plan en el cual, con el tiempo de trabajo, le pensionaban a cualquier edad. Ella, junto con cerca de 4.000 empleados más, demandaron a la Caja porque se habían acogido al plan inicial bajo la premisa de que era único, lo cual resultó no ser cierto. Con el tiempo, ganaron la demanda y la Caja les reconoció todo lo que solicitaban.

    La tía de Maureen Luz vivía relativamente cerca, junto con su marido, un músico de vasta trayectoria, y juntos regentaban una pequeña tienda de barrio. En mayo de 1992, luego de pasar varios días en Barranquilla con la hermana de Maureen Luz y sus hijos, regresamos a la ciudad y, como era costumbre, decidimos pasar por su casa para visitarlos. Esa noche, al llegar, algo curioso ocurrió. "Cundo", como era conocido el esposo de la tía de Maureen Luz, me llamó aparte y nos sentamos en un mecedor. Con tono serio y algo directo, me preguntó:

   —Carlos, hace tiempo que te he escuchado hablar de temas un tanto extraños. Quería preguntarte algo… ¿qué se siente cuando uno se muere? ¿Duele?

Mi respuesta fue la siguiente:

    —Es como cuando usted se duerme, la única diferencia es que el espíritu no podrá volver a entrar a el cuerpo. En la Biblia dice que dormir es morir un poco, por lo tanto, no hay dolor, solo es un proceso natural. Él me dio las gracias por la respuesta, y nos despedimos.

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      Al día siguiente, muy temprano, recibimos la noticia de que Cundo había fallecido de manera fulminante a causa de un ataque cardíaco. La tía de Maureen Luz nos encargó de gestionar los trámites necesarios para el sepelio, ya que, en medio del dolor, necesitaba ayuda con todo lo relacionado al funeral.

    Un detalle que complicaba las cosas era la estatura de Cundo: él medía 2.05 metros. Al momento de entregar el cadáver, nos encontramos con el inconveniente de que el único ataúd disponible con esas medidas era el más económico. La señora insistía en que él merecía lo mejor, así que quería el ataúd más costoso, pero este medía solo 1.80 metros. Ante tal dilema, no quedaba más opción que tomar una decisión drástica: cortarle las piernas a la altura de las rodillas y colocar las extremidades junto al resto del cuerpo.

    Para quienes conocíamos a Cundo, el ataúd lucía muy pequeño y llamativo, pero afortunadamente, nadie pareció sospechar nada. Y si alguien lo hizo, nunca lo expresó en voz alta.

     Este suceso, aunque extraño y perturbador, refleja la realidad de cómo a veces, las circunstancias nos obligan a tomar decisiones insólitas, incluso en los momentos de dolor más profundo. La muerte, como fenómeno natural, siempre trae consigo situaciones inesperadas que desafían nuestras normas sociales, culturales y emocionales.

     A partir de ese momento, la mamá de Maureen Luz tomó la decisión de vender la casa en la que habían vivido durante tantos años.

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