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MIS ÚLTIMOS 50 AÑOS                     1971 – 2021          CARLOS CAMPOS COLEGIAL

     Si tuviera la posibilidad de elegir en futuras encarnaciones, no dudaría ni un instante en regresar a esta tierra maravillosa, llena de contraste, belleza y resiliencia.

    Sin embargo, alcanzar esa meta académica no fue un camino fácil ni convencional. Mi vagancia continuó durante la repetición del sexto grado, hasta el punto de volver a perder el año. Una vez más, el rector intervino con los profesores para evitar que quedara rezagado y logró que me permitieran habilitar tres materias: Filosofía, Física y Estética. Su determinación para ayudarme llegó al extremo de proporcionarme las preguntas de las evaluaciones, asegurándose de que no tuviera excusa para no aprobar.

    Fue entonces cuando ocurrió un episodio que, con el tiempo, se convirtió en una de las anécdotas más jocosas y pintorescas de mi vida.

    El profesor de Estética, el señor Juan Vargas, colocó un aviso en la secretaría del colegio que decía: "Los alumnos que perdieron Estética los espero mañana a las dos de la tarde en la biblioteca". Al día siguiente, obediente, me dirigí a la biblioteca a la hora indicada, pero al no encontrar a nadie allí, pensé que el examen había sido aplazado, así que me regresé tranquilamente a casa.

   Al día siguiente, cuando me encontré con el profesor Vargas, su expresión de incredulidad y ligera exasperación fue inconfundible. "Definitivamente usted no se deja ayudar", me dijo. "No asistió a la habilitación". Le expliqué que sí había ido, pero que, al no ver a nadie, asumí que el examen había sido pospuesto. 

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     Fue entonces cuando, con un tono mezcla de reproche y humor, me contestó: "¡Cómo iba a haber alguien más si el único que perdió Estética en el colegio fue usted!".

     La respuesta me tomó por sorpresa y, sin perder la oportunidad, le señalé que el aviso estaba mal redactado, pues debió decir: "El alumno que perdió Estética". Ambos soltamos una carcajada que alivió la tensión del momento. Finalmente, el profesor, demostrando su paciencia infinita, me permitió presentar un trabajo para recuperar la materia. Con la ayuda de mi amigo José Víctor Augusto Higuera Marín, quien confeccionó una plancha improvisada para el trabajo práctico, logré cumplir con el requisito y aprobar sin mayores inconvenientes.

     Ese episodio, aunque cómico en retrospectiva, simboliza para mí una lección más profunda: incluso en los momentos en que parece que todo está en contra, siempre hay maneras de salir adelante si contamos con la ayuda del ser superior primordialmente y de allí emanan otras circunstancias propicias en el momento oportuno.

     Graduarme fue mucho más que un trámite académico; fue un hito que marcó el comienzo de una vida llena de aprendizajes, desafíos y gratitud por cada oportunidad que se ha presentado en mi camino.

      Los otros dos profesores que me ayudaron en las habilitaciones dejaron en mi vida huellas que aún perduran. Uno de ellos fue el profesor Juan de Dios Ramírez, encargado de Física. A él le debo no solo haber aprobado esa materia, sino también el desarrollo de una habilidad que me ha acompañado siempre: una letra clara y una ortografía decente.

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     Admiraba profundamente su caligrafía y me propuse lograr que la mía se pareciera a la suya. Para ello, compré un cuaderno de doble línea y, con su guía, comenzamos un ejercicio metódico. Él hacía una muestra en el cuaderno, y yo me dedicaba a realizar planas repetitivas hasta alcanzar el nivel deseado. Con esfuerzo y constancia, logré que mi escritura evolucionara, convirtiéndose en un reflejo de la paciencia y dedicación que aprendí de él.

    El otro profesor que fue clave en ese proceso fue Marco Antonio Carvajal, quien nos enseñaba Filosofía. Sus clases iban más allá de los conceptos teóricos; eran una mezcla de reflexiones profundas y comentarios visionarios que en su momento podían parecer inusuales, pero que con el tiempo se han vuelto sorprendentemente cercanos a la realidad. Una de sus premoniciones que jamás olvidaré era sobre la especialización de la medicina.

     Decía: "La medicina se está dividiendo en tantas áreas que los médicos generales quedarán obsoletos. A ustedes les tocará la época en la que vayan al odontólogo para tratar un colmillo superior, y el profesional les diga: 'Lo siento, soy especialista en los colmillos inferiores, tendrá que ir donde el Doctor Gil, que es el experto en los superiores'".

    En aquel entonces, esas palabras nos arrancaban risas y nos parecía una exageración. Sin embargo, hoy no puedo evitar recordar sus palabras cuando veo lo certera que fue su visión. Vivimos en un mundo donde la especialización domina prácticamente todos los campos, y sus comentarios, que en su momento parecían absurdos, han terminado convirtiéndose en una especie de legado profético.

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    Ambos profesores no solo me ayudaron a superar las materias que necesitaba para graduarme, sino que me dejaron enseñanzas que trascendieron lo académico. De Juan de Dios aprendí el valor de la disciplina y el detalle, y de Marco Antonio, la capacidad de reflexionar sobre los cambios del mundo con una mirada amplia y visionaria. Ellos, junto con otros mentores que he tenido en mi vida, forman parte de esa red de personas que, con sus actos y enseñanzas, han contribuido a formar el ser humano que soy hoy.

     Escribir estas memorias ha sido posible gracias a la inspiración que dejó en mí el profesor Adolfo León Mora. Él solía afirmar que plasmar un pensamiento en palabras de tal manera que cualquier persona pudiera interpretarlo era, en sus propias palabras, un acto mágico. Fue él quien me alentó a escribir, a raíz de un episodio memorable ocurrido el día de su presentación como nuestro profesor de español.

   Recuerdo claramente aquella primera clase. En lugar de iniciar con un discurso convencional o una lectura académica, el profesor Mora nos sorprendió al pedirnos que saliéramos a pasear por la plazuela Almeyda. Extrañados, obedecimos sin entender el propósito de esa salida tan inusual. Al regresar al aula, nos pidió sacar una hoja de papel y escribir lo que habíamos visto durante el recorrido. El ambiente se llenó de murmullos y rostros perplejos. La mayoría de mis compañeros quedó paralizada frente a la hoja en blanco, lanzando preguntas incoherentes en un intento de entender qué se esperaba de ellos. Algunos apenas escribieron dos o tres renglones, mientras que muchos entregaron la hoja en blanco.

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    Por mi parte, las palabras fluyeron casi sin esfuerzo. Para cuando terminó el plazo, había llenado ambos lados de la hoja. Aquella actividad marcó un antes y un después en mi relación con el profesor Mora. A partir de ese momento, desarrolló un trato especial hacia mí, motivándome constantemente a explorar y ejercitar esa capacidad de transformar pensamientos en palabras. Hoy, al recordar su influencia, me invade una mezcla de gratitud y arrepentimiento: gratitud por haber tenido un maestro que supo ver y estimular mi potencial, y arrepentimiento por no haber cultivado más esa habilidad a lo largo de los años.

     Mientras escribo estas líneas, muchas ideas brotan en mi mente, como si hubieran estado almacenadas en algún rincón de mi interior, esperando este momento para salir a la luz. Desafortunadamente, soy consciente de que el tiempo probablemente no será suficiente para volcar todo lo que he acumulado en mi memoria. Sin embargo, confío en la voluntad de Dios y espero que, quizá en una década, pueda completar y enriquecer esta crónica con nuevas reflexiones y recuerdos.

    Cerca de la fecha de graduación, las directivas del colegio organizaron un acto solemne que contó con la presencia de personalidades del municipio y profesionales destacados que nos habían visitado a lo largo del año. Este evento fue posible gracias a la Orientadora Profesional Mercy Arenas, una profesional de Ocaña cuya presencia irradiaba esplendor, candidez y alegría. Durante el último año, su tarea había sido guiarnos en la elección de nuestras futuras carreras y desempeños en la vida.

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    Como parte de su enfoque práctico, la profesora Arenas invitó a cada una de sus clases a profesionales de diversas disciplinas. Abogados, médicos, sacerdotes, arquitectos, ingenieros, veterinarios, odontólogos, oftalmólogos, licenciados en distintas áreas, e incluso comerciantes de diferentes rubros, se tomaron el tiempo para compartir sus experiencias con nosotros.

   Fue un esfuerzo admirable y significativo, que nos permitió vislumbrar, aunque fuese de manera breve, las múltiples posibilidades que teníamos frente a nosotros. Esa diversidad de perspectivas dejó una huella profunda en mí y, estoy seguro, también en muchos de mis compañeros.

      En aquel acto solemne, debíamos, por orden de lista, pasar al frente y exponer qué pensábamos estudiar y en qué institución. Cuando llegó mi turno, siendo el número 8 en la lista, pedí que me permitieran intervenir al final. Esa solicitud generó cierta inquietud entre los profesores, quienes ya conocían mi inclinación por gastar bromas, a veces subidas de tono.

     Uno a uno, mis compañeros desfilaron al frente, expresando sus aspiraciones académicas con entusiasmo. Mientras tanto, yo tomaba nota de cada profesión mencionada. Al finalizar la ronda, observé que solo uno de ellos, Pablo Antonio Serrano Arocha, planeaba estudiar en la Universidad de Pamplona, que en ese entonces no tenía el renombre que ostenta hoy a nivel nacional. El resto proyectaba realizar sus estudios fuera de la ciudad, en prestigiosas instituciones de otras regiones.

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     Cuando finalmente llegó mi turno, me levanté con mis apuntes en mano y me dirigí al frente. Comencé mi intervención haciendo un breve recuento de lo que se había dicho, mencionando la cantidad de futuros médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, veterinarios, odontólogos, sacerdotes, zootecnistas, agrónomos y demás profesiones.

     Tras mi resumen, hice una pausa dramática y concluí con una reflexión que dejó a más de uno atónito:

    "Ante esta cantidad de doctores y especialistas, Pamplona se verá en serios aprietos por la falta de gente preparada para desempeñarse en oficios esenciales, como conducir los buses hacia los municipios cercanos, manejar el camión repartidor de gas, distribuir la gaseosa y la cerveza, o recoger la basura. Por esta razón, he decidido no ir a ninguna universidad y quedarme en estos lados colaborando en esos oficios mientras espero pacientemente que se materialice aquello que le he pedido con fervor a mi subconsciente durante años. Estoy seguro de que llegará, como efectivamente sucedió más adelante."

     Mi comentario, entre serio y humorístico, desató una oleada de risas y burlas entre mis compañeros. Sin embargo, aproveché ese momento para lanzar un desafío que parecía, en ese entonces, más una ocurrencia que una predicción: los invité a que nos reuniéramos en 25 años, durante las celebraciones que el colegio organiza tradicionalmente para conmemorar los aniversarios de graduación, tanto los 25 como los 50 años. Y así fue. Dos décadas y media más tarde, nos encontramos nuevamente en las instalaciones del colegio.

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    Aquella reunión fue un mosaico de emociones: sorpresa para algunos, alegría para muchos y, para unos pocos, cierta incomodidad. Mi vida, marcada por giros inesperados y logros que surgieron de caminos no planeados, fue un testimonio de que las cosas a menudo no salen como se esperan, pero sí como deben ser.

    El domingo 20 de julio de 1980, después de haber recorrido buena parte del país en diversas circunstancias, regresé a Pamplona por un breve fin de semana, ya que debía continuar hacia Bogotá para retomar un compromiso laboral el lunes 21. Sin embargo, el destino tenía otros planes, y lo que parecía ser un simple paso por mi ciudad natal se convirtió en un episodio inolvidable de mi vida.

     En la madrugada del domingo, mi hermano César Enrique y Don Pacho se disponían a viajar a Cucutilla, como lo hacían cada semana, para participar en el mercado dominical vendiendo mercancías. Este era un evento importante en la región, al que asistían muchos comerciantes de Pamplona, que contrataban un bus para llevarlos y traerlos el mismo día. Pero esa mañana ocurrió algo inesperado: el conductor del bus no apareció.

    El dueño del vehículo, Don Esteban Acevedo Albarracín, salió a buscarlo y descubrió la insólita razón de su ausencia. Resulta que el conductor había tenido un altercado con su esposa, quien, en un acto de frustración, lo había encerrado bajo llave, dejándolo completamente imposibilitado de salir. Ante esta situación, mi hermano César mencionó que yo tenía experiencia como conductor y estaba en casa.

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     De inmediato, me fueron a buscar. A pesar de la evidente falta de preparación y de lo arriesgado de la propuesta, acepté sin titubear, en un acto de lo que hoy reconozco como rotunda irresponsabilidad, pero también con ese espíritu arriesgado que siempre me ha caracterizado. En cuestión de minutos, salí hacia el parqueadero, dispuesto a asumir el desafío.

     Al llegar al lugar, encontré el bus lleno de pasajeros, aunque un buen porcentaje de ellos —quizás un 40%— decidió no viajar al verme al volante. Su reacción era completamente comprensible: el conductor habitual era un hombre de unos cincuenta años, conocido y respetado por su vasta experiencia. En contraste, yo era un joven con un historial de manejo limitado a una volqueta de mi amigo Óscar Mendoza Moreno, quien, dicho sea de paso, fue un maestro invaluable en mi vida. De él aprendí lecciones que ninguna universidad podría impartir, y su confianza en mí fue determinante para mi ingreso, años más tarde, a una gran empresa en la que trabajé casi tres décadas.

     A pesar del escepticismo de algunos pasajeros y del nerviosismo que seguramente se percibía en el aire, tomé el volante y emprendí el viaje hacia Cucutilla. Este episodio, que en su momento pudo parecer una locura, terminó marcando no solo un día lleno de anécdotas, sino también un punto de inflexión en mi confianza y capacidad para asumir retos inesperados.

    No tenía la más remota idea de dónde quedaba Cucutilla ni cómo eran su carretera. En términos prácticos, iba "de gancho ciego", como se dice coloquialmente cuando se enfrenta una situación desconocida.

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    El bus, un Ford modelo 1.960, había sido remodelado recientemente: le habían ensamblado una carrocería y un motor provenientes de un vehículo venezolano, lo que lo convertía en el más largo de los tres que cubrían la ruta hacia este municipio.

    Con sumo cuidado, arranqué e inicié el viaje bajo la atenta mirada de cerca de sesenta ojos, cada par fijado en cada movimiento que hacía al volante, evaluando cómo ejecutaba aquel oficio que hasta entonces no había practicado en tales condiciones. Al principio, la carretera destapada parecía manejable: no era muy amplia, pero tampoco representaba mayores dificultades. Sin embargo, esto solo era el preludio de lo que vendría.

     A medida que avanzábamos, el paisaje se transformó en un verdadero desafío. A mi derecha, unas peñas rocosas sobresalían peligrosamente, mientras que a mi izquierda se abría un profundo abismo que parecía no tener fin. La calzada, que ya era estrecha, se volvía en ciertos tramos un simple rastrojo en el que solo podía pasar un vehículo a la vez.

    Fue en esos momentos que, con el perdón de Don Esteban, el dueño del bus, y dejándome llevar por el instinto de supervivencia, opté por arrimarme más hacia las rocas, temiendo constantemente al abismo. Este miedo, aunque comprensible, tuvo sus consecuencias: en varias ocasiones, las rocas maltrataron la recién reparada carrocería del vehículo, dejando marcas visibles de mi improvisada conducción. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, llegamos al destino sin más contratiempos.

     La satisfacción de haber cumplido con el reto se mezclaba con el pesar por los daños causados al bus. 

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